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Ene
02

Agrobiodiversidad y transgénicos. ¿Desarrollo a cualquier precio?

Acabo de leer un artículo en el diario colombiano El Espectador que nos introducen como «Inmersión en la economía de Brasil» y se titula: «Transgénicos, viaje al ADN de las plantas«. Se trata de un artículo financiado por Agrobio Colombia, pues es esa organización quien paga el viaje del periodista que escribe el artículo a Brasil (así lo reconoce el periodista con un «*invitación de Agrobio». Agrobio (Asociación de Biotecnología Vegetal Agrícola de Colombia), es algo así como una organización sin ánimo de lucro financiada por trasnacionales de semillas/agrobiotecnología con presencia en la zona Andina (léase Bayer, Dow, DuPont, Monsanto y Syngenta, ver aquí). Su lema: «Somos una asociación sin ánimo de lucro, fundada en el 2000, dedicada a informar, educar, divulgar y promover la biotecnología agrícola moderna en los países de la región andina».

Resalta el interés del autor en que los lectores relacionen el auge y repentino desarrollo de Brasil con la cantidad de transgénicos sembrados en ese país. Eso es algo que aunque discutible (habría que hacer un estudio más en profundo de las finanzas de Brasil para ver que peso tienen los transgénicos en su economía actual), es legítimo argumentar. Sin embargo, aunque legítimo, ¿es ético dar un mensaje para los demás en clave «desarrollo a cualquier precio!!, sigamos el ejemplo de Brasil»?. En fin, la ética termina siendo un producto de autoconsumo, usted se la prepara y se la come a su gusto.

Luego en el artículo, hay un párrafo que nos da la dimensión real de lo que es la agricultura para Agrobio, para las empresas que lo financian y los que defienden el negocio de la biotecnología agrícola:

Después nos internamos en los inmensos cultivos de trigo, maíz y soya del estado de Paraná. Allí nos encontramos con que a lo que los brasileños llaman campesinos son verdaderos empresarios del campo. Agrónomos, biólogos zootencistas y administradores agropecuarios que tenían diversas experiencias en el cultivo de especies transgénicas. La mayoría de estas experiencias se trabajaban desde grandes cooperativas de asociados que lograban extensísimas plantaciones de monocultivos, pero a pesar de eso todos utilizaban el mismo argumento para defender los OGM: con los transgénicos hemos bajados los costos de producción y aumentado las cosechas.

Siento escalofríos sólo al pensar que esta es la misma gente que más influencia tiene en quienes determinan las políticas agrícolas de muchos países latinoamericanos. Su idea de los «verdaderos» empresarios del campo y sus grandes cooperativas que logran «extensísimas plantaciones de monocultivos» es simplemente terrorífica. Me pregunto si el ciudadano de a pié que lee esto es consciente de lo que ésto implica. En Colombia muchos conocen los resultados de estas prácticas en el campo, en forma de desplazamiento de poblaciones campesinas, violaciones de los derechos humanos al mejor estilo de las más crueles guerras civiles africanas y una mayor concentración de la tierra en pocas e improductivas manos. Es más, cualquiera que haya leído Cien años de Soledad entiende de que se trata este negocio. Entonces yo mejor le preguntaría a los lectores, «¿vale la pena seguir esta ruta?».

Además el texto habla de ventajas y desventajas de cultivar transgénicos, de manera demasiado superficial. Quiero aquí complementar lo que representan los transgénicos al tema de la diversidad agrícola, que es donde puedo opinar con más fundamento; para los demás temas (nutrición y salud, agronomía pura y dura, economía agrícola, etc.) ya se han pronunciado o pronunciarán por su parte sus especialistas.

En países con alta agrobiodiversidad, como México, todos los países centroamericanos, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia y el mismo Brasil, la introducción de plantas transgénicas pertenecientes a especies cuyos centros de diversidad y/o de origen están situados en esta misma región, no sólo no es aconsejable, es una total IRRESPONSABILIDAD. Se trata de contaminar la agrobiodiversidad de la región con genes que no sólo no están presentes en las poblaciones autóctonas, sino con genes que ni siquiera están en la especie, lo cual es una suerte de ruleta rusa de efectos totalmente imprevistos. Esa agrobiodiversidad es única en zonas de centro de origen/diversidad, se trata de la variabilidad original, o la «copia» que conservamos de lo que fue el cultivo en sus inicios, o la mayor fuente de variantes genéticas que tenemos a disposición para mejorar nuestros cultivos y que además interactua con el medio ambiente manteniéndose en constante evolución. ¿Que ganamos contaminando este recurso?

Pero además, introducir otras especies que no son originarias o especialmente diversas en estos países, pero donde si se encuentran algunas otras especies cultivadas o silvestres con las que se podría cruzar la introducción transgénica, debería ser objeto de especial y detallado estudio y donde debería prevalecer el principio de precaución antes que cualquier otro interés particular. Lamentablemente todos sabemos que en los países subdesarrollados donde han entrado los transgénicos, esto no es así, y dada la mínima capacidad de éstos estados por hacer los estudios del caso y hacer la vigilancia correspondiente, es «el lobo quien termina cuidando las ovejas». Un artículo periodístico sobre «¿Quien vigila a los señores de las semillas transgénicas en países subdesarrollados?» sería de mucho más valor.

Son de especial gravedad los casos de maíz, algodón y arroz, cultivos cuyo centro de origen/diversidad se encuentra en la zona (los dos primeros) o con presencia de especies silvestres emparentadas con la cultivada (caso arroz).  Justamente, después de la soya, es el maíz y el algodón transgénico los cultivos de este tipo que más se promueven en la región. En un principio se dice que las semillas transgénicas se siembran en determinadas zonas y épocas de siembra para que no coincidan con las variedades locales o tradicionales, esa es la teoría. La práctica es un descontrol total. Un descontrol como el del contrabando de semillas de soya transgénica a lo largo de la frontera Brasil-Argentina. Otro ejemplo, el de maíz en México, se puede ver en el documental «El mundo según Monsanto» ( http://www.youtube.com/watch?v=LdIkq6ecQGw).

Yo sigo creyendo que «no todo vale», que el desarrollo no debe servir de parapeto para cualquier locura, y que la región puede caracterizarse justamente por producir limpio y sin transgénicos, como ya lo hacen muchas regiones en Europa e incluso algunas zonas particulares de la misma Latinoamérica. Que primero, como Estado, produzco (o me encargo de que se produzca) lo que me garantice la correcta alimentación del agricultor y la del país y ya si queda producto excedente, que se exporte. Pero lo que voy a producir en primer término será lo que se sirve todos los días en la mesa de mis ciudadanos. Sobre la base de la seguridad alimentaria se debe construir cualquier desarrollo. Sería un desarrollo duradero caracterizado por la estabilidad, quizá no el del «sube como palmera y cae como coco», que es el que le gusta a los que recomiendan estas políticas, políticas de las grandes extensiones de monocultivos para producir el alimento de los animales de otros continentes o de arrasar con la producción de cultivos que se consumen a diario en nuestros países y acabar con los pequeños productores, para llenar las estanterías de las tiendas gourmet de los países desarrollados; eso va en contra a mediano y largo plazo del verdadero y equilibrado desarrollo de los países latinoamericanos.

Así mi conclusión es que, independientemente de lo buena o mala que sea la técnica científica como tal (la bondad de la herramienta depende de la mano que la usa), la biotecnología o las técnicas biotecnológicas, en la medida que ayudan al desarrollo de este tipo de agricultura de exportación y que atenten contra la biodiversidad tal y como la conocemos, es una biotecnología que le servirá a otros, no a nosotros.

 

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